Esto ya más bien se parecía a un rito.
Lo de los impertinentes compadritos
que en las noches de Pascuas en ruinas dejaban
las carnicerías y las cantinas más cercanas.
“A ver los convidados,
que muestren los naipes, que suelten los dados.
¿Quién es quien en esta orquesta y qué pieza están tocando?
El que es macho desenvaine y las mujeres hacerse a un lado”.
Ni el suspiro del viento se oía cuando caían los guapos.
Los guapo’, los guapo’a defender los trapo’.
Los guapo’, los guapo’a defender...
Varios tiros se escucharon una noche
en la salida del piringundín preferido
por los asiduos visitantes varones
de los secretos recintos de Paseo Colón.
En la puerta uno tirado,
se van los matadores, vuelven jefes del sábado
a descansar los bufosos y a cobrarle al comisario:
“para vos la Marilina y treinta mangos a los muchachos”.
Hasta la luna fingía estar dormida cuando moría algún guapo.
Los guapo’, los guapo’a defender los trapo’.
Los guapo’, los guapo’a defender...
Cuidado, cuidado, cuidado la ley
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